De dónde sale esto.

En mayo de 2009, fui a Los Ángeles en un viaje de trabajo. Se trataba de asistir a un evento anual al que sólo suelen ir los grandes jefes de ciertas empresas, pero ese año, un "gran jefe" no pudo ir y fui yo, una doña nadie. El blog nació sólo como una forma diferente y barata de comunicarme con mi familia y amigos mientras estaba allí, a 9 horas de distancia temporal. Pero luego, le cogí el gustillo y, aunque ya no estoy allí, sino en Madrid, considero que nuestras vidas son unas grandes súper producciones y que yo, al fin y al cabo, sigo siendo una doña nadie en Hollywood.

jueves, 6 de agosto de 2015

Ruta por Francia I. De camino a Normandía.

No sé la de tiempo que llevo sin escribir aquí. Falta de inspiración, quizá desgana... Pero hoy lo retomo para contaros cosas sobre mi reciente viaje a Francia. No va a ser algo tipo resumen de cole de "qué hiciste en vacaciones", sino más bien describir los sitios que visitamos e incluir recomendaciones, indicaciones, precios, curiosidades... algo que os pueda ser práctico en caso de que vayáis por alguna de las zonas a las que fuimos o incluso que os pueda animar a ir.

He de confesar que soy un poco francófila. Esta era la decimoquinta vez que iba al país vecino. Seis de esas ocasiones fueron por trabajo, a Cannes, pero el resto, de turisteo.

Este primer artículo está dedicado a nuestro camino hasta las playas de Normandía.

Día 1, de camino a Burdeos.

Desde Madrid hay 692 kms. hasta Burdeos, por la A1 y la A63 e incluye tramos de peaje (20€ en total). Vía Michelin estima que se tarda 7 horas y 40 minutos, pero lo encuentro un poco exagerado. Contad unas 7 horas como mucho, es prácticamente todo autopista.

Si vais desde Barcelona, el trayecto es más corto (636 kms. por la A61 y A62), pero sensiblemente más caro (55,80€ de peajes).

En esta ocasión no visitamos Burdeos porque ambos lo conocíamos, así que fuimos a visitar un sitio muy curioso: la duna de Pilat. Se trata de una descomunal duna de nada menos que 107 metros de altura, que ocupa 2,7 kms. de costa y forma parte del Parque Natural de las Landas de Gascuña. Se encuentra a 73 kms. de Burdeos y la entrada es gratuita, pero si vas en coche, el parking es gratis si estás menos de media hora (complicado), cuesta 4€ si estás menos de 4 horas y 6€ si estás más tiempo.

Es un sitio insólito y espectacular. Para subir a la cima hay una escalera de 154 escalones que merece la pena trepar. Las vistas son impresionantes. Esta es la página oficial del sitio, con toda la información que necesitéis, disponible en español: Duna de Pilat.

A 13 kms. de la duna se encuentra la localidad de Arcachon. Es un pueblo costero que da nombre a toda la bahía. Tiene multitud de terracitas y ambiente familiar. Se nota que es un lugar de veraneo habitual de los franceses. Allí vimos el atardecer, desde un muelle casi hecho a propósito para ver cómo se esconde el sol.


Y llegó la hora de dormir. Reservamos en un curioso hotel, L'Escadrille, cerca del aeropuerto de Burdeos-Mérignac. Está situado en una zona de empresas, hoteles y restaurantes. Es un hotel de paso, pero con un toque muy original. Su dueño tiene una inmensa colección de piezas relacionadas con la aviación, el fútbol, Star Wars, piezas de Lego y multitud de cosas relacionadas con pelis de ciencia-ficción. La habitación era pequeña, pero correcta y coqueta. Tiene aire acondicionado, tele y parking privado gratuito. Es muy barato (47€ la noche, sin desayuno). El hándicap que tiene es que el baño no tiene nada de privacidad, ya que la puerta es de rejilla y se ve TODO, así que más vale ir con alguien de absoluta confianza. La ducha no tiene puerta y el suelo se moja... vamos, que no es de lujo, pero está limpio. Si no sois tiquismiquis, os vale para una noche.

Una muestra del hotel.

Habitación de L'Escadrille.

Día 2, ruta hasta Normandía.

A la mañana siguiente, salimos tempranito para Normandía, pero paramos en La Rochelle. Se encuentra en la costa, a 181 kms. de Burdeos. Es una localidad con un interesante casco viejo y varias torres características, de los siglos XIV y XV. Su puerto de ocio es el segundo de Francia en importancia. Si coméis por allí, como hicimos nosotros, podéis probar una especialidad francesa, la moules frites, que no es otra cosa que una cazuela de mejillones (a la marinera o con salsas de curry o de queso), acompañadas de patatas fritas. Suelen servir raciones abundantes y se pueden encontrar en casi cualquier localidad francesa, especialmente si está cerca de la costa. Su precio oscila entre los 10€ y los 14€. Si no sois de mucho comer, podéis compartir la ración (no fue nuestro caso...).

Tras unos cuantos avatares en nuestro camino a Normandía, debidos a una movilización de agricultores y ganaderos, que cortaron con sus camiones todos los accesos a Caen (ya sabemos que el francés cuando protesta, protesta de verdad, como la española cuando besa), llegamos a nuestro alojamiento para las dos noches siguientes.

Elegimos Commes como centro de operaciones. Se trata de un pueblo o, más bien, una pedanía, muy cercana a Bayeux, e ideal para visitar todas las playas del desembarco, a sólo 10 kms. de Omaha Beach y a 9,5 de Arromanches.

Nos alojamos en un sitio llamado Chambre d'Hôte La Mer. Se trata de un chalet cuyos dueños lo han habilitado para alquilar habitaciones con baño privado. La nuestra era una monada, abuhardillada y espaciosa. Costaba 60€ la noche con desayuno (fantástico) incluido. El aparcamiento es gratis y tiene wifi. Los dueños son majísimos, pero no hablan otro idioma que el francés, pero como chapurreo un poco, no resultó complicado. Si no sabéis nada de francés, os entenderéis igualmente. Se puede entrar y salir libremente de la casa y casi nunca nos encontramos con nadie, así que hay mucha privacidad. Todas las reservas del viaje las hicimos en Booking.

Parte de la habitación de La Mer.

Mañana continuaré contando nuestra visita a las playas del desembarco de Normandía, que os recomiendo encarecidamente, no sólo si sois amantes de la historia, sino también por sus impresionantes paisajes y sus bonitos pueblos.

martes, 23 de diciembre de 2014

Tres semanas al año.

La verdad es que hasta hace bien poco pensaba que nunca sería capaz de pensar como pienso ahora acerca de la Navidad. Los que me conocéis, sabéis que aprecio mucho mi parte infantil, que me gusta ver las cosas con optimismo, que sigue gustándome jugar y no tomarme las cosas demasiado en serio... Pero en esto, creo que ya he dejado de ser una niña.

Dicen que la Navidad con niños es otra cosa. No sé si algún día podré comprobarlo. En mi familia no hay niños. Ni siquiera jóvenes o adolescentes y no sé si en un futuro tendré un hijo o un sobrino, así que la mía es una Navidad de adultos.

Y son tres semanas que duelen cuando falta alguien. Tres semanas en las que el cuerpo no te pide celebrar... y en cambio sería peor no reunirse a hacerlo, aunque sea sin grandes alharacas.

A mi edad ya conozco a mucha gente que piensa como yo. Gente para la que la Navidad es dura, a veces incluso cruel. Los anuncios, las luces de las calles, el espumillón, las ofertas... nada respeta el dolor que algunas personas sienten y que miran todo ese espectáculo como si estuviera sucediendo en otro planeta. Porque no es una época cualquiera. Ese contraste hace que las cosas que faltan, se echen mucho más en falta... y no digamos ya cuando lo que falta no son cosas, sino personas.

A los que aún la vivís con la misma ilusión de un niño en la noche de Reyes, os deseo una muy feliz Navidad, de todo corazón... y que nada ni nadie os empañe esa alegría.

Y a los que, como yo, estáis deseando que pasen lo antes posible... os deseo que os rodeéis de todo el calor de los que están, que disfrutéis cada sonrisa, cada abrazo, porque ahora, quizás, se necesitan más que nunca. Y tal vez algún día volvamos a sentir la magia que perdimos, cuando menos lo esperemos.


jueves, 13 de noviembre de 2014

Noviembre.

Y noviembre se echó encima como los años lo hacen sobre los hombres que viven al sol.

La vida empezó a doblarse. Y el corazón tuvo que tomar la forma de su nueva cama, como el agua se adapta a sus recipientes.

Pero fue entonces cuando me alegré de haber saltado a todos los precipicios que me impuse por mi propio deseo, porque no me da miedo la caída a estos a los que me empujan... y menos aún el regreso al borde de otros abismos.

Noviembre nos llueve. Echa sobre nuestros hombros las hojas de cien árboles. Pero también nos echa el viento que barre el polvo.

jueves, 2 de octubre de 2014

Ahora.

Había una corriente de escritores que escribían borrachos. Estoy en mi coche en Colon. He salido a fumar mientras mi amigo y su novio arreglan sus cosas. Tengo las sienes y los mofletes dormidos. Si no hubiera bebido diría mejillas. Pero he bebido. Mucho. Hoy.

Tengo un taxi al lado. Se mueve y me marea.

Tengo ganas de llorar, pero rio. Y de reír, pero lloro. Y no tengo ganas de corregir las tildes. Hay una luna preciosa y no es necesario.

No he bebido tanto. 3 sangrías. Da igual, para mi es un río de alcohol.

Creo que me quedaría dormida aquí pero vendría alguien a insultarme, o a buscarme o a robarme o a salvarme o a multarme.

Los jueves son así. Casi viernes pero no.

Casi viernes.

Detrás de mi hay alguien enfadado que grita. No se grita en Colon. Hay una bandera gigante y no se debe gritar. Es feo.

Ahora se ha parado un coche negro. Y arranca. Se va.

Mi amigo y su novio estarán hablando y besándose. Yo miro la luna pero esta partida y borrosa.

Solo se que quiero irme y no se a donde. A donde podría? A Sri Lanka. Vámonos a Sri Lanka a pescar como los lugareños.

El tío que grita detrás dice que una es una hija de puta. Seguramente lo es. Hay muchas. Yo no. Yo soy estupenda. Quizás demasiado. Y ahí, ahí, es donde esta el problema. Que el mundo es de los poco estupendos pero altivos.



jueves, 18 de septiembre de 2014

¿Qué quieres ser de mayor?

Hace poco me puse a recordar cómo era la tele de cuando era pequeña. La recuerdo sobria, a veces austera, pero sobre todo la recuerdo "progre". No todo satisfacía mis gustos, por supuesto; era una cría. Pero mirados con distancia, había programas interesantes. Aparte del Un, dos, tres..., de La bola de cristal o de 3, 2, 1, contacto, estaban aquellos como La Clave, sí, ese del UHF que ponían los viernes por la noche, donde una gente muy seria comentaba una película normalmente sesuda. O las tertulias de Hermida. 

En aquella tele, limitada por dos únicos canales que emitían sólo unas doce horas diarias, la gente hablaba muy bien. Todos parecían saber mucho sobre lo que se trataba. Tenían buenas voces, buena presencia... Y uno de mayor quería ser un poco como ellos. Dibujar como José Ramón Sánchez, o ser un poco cultureta y moderno como los que presentaban Plastic, o saber tanto del universo como Carl Sagan en Cosmos, o ser abogado matrimonialista como Imanol Arias en Anillos de oro.

Era un modelo aspiracional, tal como fue el star system de Hollywood. Fabricaban un mundo al que nos gustaría pertenecer. Nos hacían querer ser mejores, más listos, más educados, más elegantes, más valientes. En la tele sólo salía aquel que pudiera ser un ejemplo de algo positivo.

Pero llegaron los 90 y con ellos la deseada televisión privada. ¿A quién no le iba a gustar tener a su disposición dos nuevos canales con novísimas ofertas por descubrir? Y con la televisión privada llegó la lucha por la audiencia. Porque las televisiones comerciales son, ante todo, un negocio. No son un derecho ni una obligación. Son una oferta y viven de que tú quieras comprar lo que te ofrecen. Y, por supuesto, la única manera de crecer como negocio es captar más clientes.

Así que ya no vale con mostrar un mundo de gente estupenda que sabe mucho o habla muy bien. Y el secreto es bien fácil: hacer de ti, espectador, el verdadero protagonista de ese mundo.

De esa forma, el ciudadano de a pie comienza a ser la pieza clave en casi todos los programas: talk-shows donde cuentan sus miserias o alegrías, espectáculos donde son sorprendidos con su cantante favorito, noticieros baratos donde se desgrana ese suceso del que jamás te hubieras enterado a no ser que fueras vecino de la víctima y, por supuesto, el reality-show.

Y entonces es cuando en la tele comienza a salir gente como tú. O mejor aún: gente peor que tú. Gente que habla mal, gente maleducada, gente sin pudor, gente sin escrúpulos. Y te alegras inmensamente de que exista esa gente. Y entonces ya no te avergüenzas de tu incultura. Llegas incluso a jactarte de ella, porque... ¿acaso no habla así Belén Esteban y ahí la tienes?

Cuando uno es adulto ya poco hay que hacer, para lo bueno y para lo malo y entonces poco te van a afectar este tipo de espectáculos ni en tu moral, ni en tu cultura, ni en tus principios. Puedes verlos desde el mero entretenimiento, sin pensar, con el encefalograma totalmente plano. Y ojo, eso es sano muchas veces, en estas vidas en las que los que no sabemos meditar tenemos que encontrar otras formas de poner la mente en blanco...

Lo que a mí me preocupa es la infancia y la adolescencia. Ellos también quieren ser como lo que ven. Y lo que ven es gente que gana más dinero cuanto menos valores tengan. La más choni, el más chulo, la más arrabalera, el más zafio... Eso, que antes daba vergüenza, hoy da dinero. Y a mí, mucho miedo.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Esa estúpida mueca.

Me he propuesto ser constante con este blog. No dejarlo abandonado durante tanto tiempo esperando a que me llegue una inspiración que a veces tarda meses en llegar. Un poco de disciplina no me viene mal. Y para que la inspiración llegue, de vez en cuando hay que buscarla. Hace años tenía la necesidad de escribir casi cada día. Llenaba folios (sí, folios de aquellos que ya ni vemos) de poemas, de artículos, de relatos eróticos, de diálogos humorísticos... de cualquier cosa. Ahora me cuesta.

Un recurso que utilizo para esa búsqueda es recurrir a antiguos textos de tiempos más prolíficos, aunque sean muy lejanos. En uno de ellos, de 1999, he encontrado esta frase: "Por fuera, sonrío. ¿Algo mejor que sonreír? Supongo que esa estúpida y permanente mueca en mi cara transmite cierta sensación de superficialidad. Pero me da igual. Además, probablemente, si mi rostro mostrase mi sentir interno, en muchas ocasiones, tendría que llorar."

Aunque creo que ya no uso un lenguaje tan dramático (la edad siempre quita dramatismo a la vida, mientras ésta gana en drama real), el significado no ha variado mucho. Sigo sonriendo. Estúpidamente o no, pero sigo sonriendo. Esta lectura ha hilado con una conversación que he tenido hoy en el trabajo. Un compañero que es conocido por su, a priori, sequedad, me ha llamado por teléfono y ha cortado la conversación para decirme que le resulta admirable que con todo lo que tengo encima siempre esté sonriendo y de buen humor. Evidentemente, me ha alegrado el día, claro que sí... por mucho que él pensase que mi día ya era alegre. Que lo era, pero ese es otro asunto.

Mirad, supongo que genéticamente o por mi educación familiar tiendo a sonreír. No puedo evitarlo. Una sonrisa es lo primero que me sale cuando hablo con alguien. También es lo primero que se me quita cuando ese alguien no me devuelve la sonrisa más de dos veces. Pero existe cierta tendencia social a pensar que la gente que sonríe mucho es más estúpida, más fácil de engañar, más inocente... Pues queridos míos... definitivamente no. Yo misma he creído durante largo tiempo que la gente de gesto serio era más estable, más "madura", más de fiar y un ejemplo a seguir. Pero no. Una sonrisa, la tuya, la mía, tienen un poder infinito. Pero no sólo la sonrisa que le dedicas a quien se cruza contigo, sino también las que te das a ti. Si sonríes, es más probable que te sonrían y a todos nos agrada eso.

Me gusta sonreír y me gusta decir cosas bonitas a quien quiero decírselas. Es algo que me nace, que me sale de dentro y que no quiero cohibir por parecer más seria o más lista o más estable. Así que ya no me avergüenzo por ser la típica que sonríe y con ello prescinde de un halo de misterio. No me disfrazo de nada, sólo respeto quién soy. Que a todos, a estas edades, nos ha costado mucho ser quienes somos.
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Hoy, que va de sonrisas... uno de los temas más románticos que se han cantado:
The Shadow Of Your Smile - Frank Sinatra.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Leyes de la Naturaleza.

Conozco a una chica rumana de treinta y muchos años a la que llamaremos Ecaterina. Vino a España a buscarse la vida y la de su marido desde un pueblo pequeño de Transilvania. Hace un par de años su padre enfermó y murió. Si ya es duro perder a un padre, no poder acompañarle hasta el final lo hace aún más difícil. Pero esta chica tuvo que sumar a su dolor el terrible peso de la tradición. En su pueblo es costumbre que, cuando muere un paisano, la familia debe invitar a comer y cenar a los vecinos lo más opíparamente posible. Ecaterina contaba llorando las dificultades que su familia tenía para afrontar ese gasto. Por no hablar de la presencia de ánimo que precisarían para soportar aquello.

Y no pude evitar pensar lo cruel que es el ser humano consigo mismo. Ecaterina describía aquella tradición como el que describe una catástrofe natural, como algo inevitable, como una ley inamovible. Como algo que hay que hacer irremediablemente.

Este tipo de cosas no es algo que sólo suceda en los pueblos. Hay tradiciones, costumbres tiránicas en todas partes y en todos los ámbitos de la vida. Todas y cada una de ellas creadas por nosotros. Las reglas de un juego que hay que cumplir para no perder la dignidad, el estatus o simplemente el buen nombre. Una ley no escrita que nos obliga a sentirnos mal si alguien no se acuerda de nuestro cumpleaños, a bombardear al vecino porque no nos entiende y no nos queda otra que matarle, o a trabajar para vivir.

Porque la mayoría de los problemas que tenemos vienen de algo que nosotros mismos hemos creado a través de los siglos.  Nos hemos impuesto esta forma de vivir. No ha sido nadie más que nosotros, por más que millones de personas se empeñen en responsabilizar a algún dios de todo esto.

Deshacer este entuerto me parece utópico, porque no tengo mucha fe en nuestra especie. Hemos tenido miles de años para enderezar las cosas y la mayoría no mejoran... Y no nos engañemos: todas las generaciones anteriores, por remotas que parezcan se creían tan avanzadas como nosotros, tecnológica y moralmente. Y todas confiaban en que en un futuro el mundo sería más justo. Pero lo único que cambia es el tipo de injusticia.

Pero como mi naturaleza es irremediablemente optimista, creo que sí podemos cambiar algunas cosas. Seamos nuestros propios dioses y hagámonos felices. Con pequeños gestos, con palabras cariñosas o amables, con una sonrisa. El mundo está lleno de mierda según donde mires... Es importante que esa mierda no la veas cuando te mires a ti mismo.