Me fascina ver la diversidad de caracteres, formas de pensar, enfoques de la vida que existen. Es algo obvio, pero comprobarlo es de lo más interesante.
Cuando le cuentas algo a los demás, algo que te sucede, o planteas algún problema, casi nadie coincide en su manera de verlo. Casi nadie te da una opinión igual a otra, ni un consejo igual a otro.
¿Depende de la personalidad de cada uno? ¿De las circunstancias actuales de cada persona? ¿De sus vivencias? ¿De su experiencia? ¿De lo que piensan de ti? Probablemente dependa de todo eso, incluso a la vez.
Eso me lleva a pensar que sólo hay dos caminos: o escoger a una sola persona para que te aconseje en un momento determinado, o escogerte a ti mismo y tomar tu opinión como la única válida. Y probablemente, esta última sea la opción correcta.
Un mismo hecho tiene maneras distintas de resolverse. Tan distintas como cada uno de nosotros. Está bien escuchar, valorar... pero al final, siempre es nuestra vida, nuestro trabajo, nuestros sentimientos, nuestro dinero o nuestra salud lo que está en juego.
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En definitiva...
Everybody's Talking - Nilson.
De dónde sale esto.
En mayo de 2009, fui a Los Ángeles en un viaje de trabajo. Se trataba de asistir a un evento anual al que sólo suelen ir los grandes jefes de ciertas empresas, pero ese año, un "gran jefe" no pudo ir y fui yo, una doña nadie. El blog nació sólo como una forma diferente y barata de comunicarme con mi familia y amigos mientras estaba allí, a 9 horas de distancia temporal. Pero luego, le cogí el gustillo y, aunque ya no estoy allí, sino en Madrid, considero que nuestras vidas son unas grandes súper producciones y que yo, al fin y al cabo, sigo siendo una doña nadie en Hollywood.
lunes, 10 de enero de 2011
viernes, 7 de enero de 2011
Por un casual.
Hoy me ha sucedido una cosa curiosísima. Una de esas casualidades que le dan a la vida una vida...
Me encanta jugar. A juegos de mesa, principalmente. Y a juegos de mesa on-line, aunque sea algo casi contradictorio. A veces juego en una página de Internet a varias cosas y en esa "sala de juegos", tienes la posibilidad de comunicarte con tus contrincantes. La mayor parte de las veces sólo uso esa posibilidad para decir "suerte" o "enhorabuena" o "vaya por Dios". Pero a veces, alguien suelta un chiste y te ríes y tú sueltas otro. Pues bueno, eso ha pasado hoy. Y tras el segundo chiste, mi contrincante me ha preguntado cuántos años tengo. No he querido contestar y he dicho que soy muy vieja y que tengo todos los años del mundo. Pero ha insistido y, como yo no sé mentir (no sé por qué, tengo esa estúpida incapacidad), he dicho la verdad. Y me dice: "¡Yo también! Soy del 72". Y añade: "¿de qué mes? Yo de mayo". Vaya... yo también, yo también... Hasta que al final, concreta el día y... ¿adivináis? Sí. Nacimos los dos exactamente el mismo día.
Por supuesto, no me lo creería si él no hubiera dicho antes el mes y el día, pero ha sido así. Y lo más gracioso es que, cuando juego en esa página, suelo hacerlo casi siempre contra la misma gente, es decir, suelo tener siempre los 5 ó 6 mismos contrincantes.
De todas las páginas de juegos de Internet, de todos los jugadores de esa página y de todos los de ese juego en concreto, yo juego con 5 ó 6 y uno de ellos nació dos horas antes que yo. Y, encima, nos lo decimos. Porque de los otros 4 ó 5, no tengo ni idea de sus edades, ni ellos de la mía.
Casualidades como esta, nos suceden a todos de vez en cuando. Sabemos que pasan, que forman parte de la vida, que no son milagros, porque son posibles, pero siempre nos sorprenden, soltando un chispacito, haciendo que tengamos algo que contar, o algo que escribir una noche en un blog.
¿Cuántas coincidencias como esta podríais contar? Seguro que muchas. Seguro que se podría escribir un buen anecdotario juntando las de 3 ó 4 personas.
¿Quién no conoce a alguien que se ha encontrado a un conocido en medio de un bosque de un país extranjero? ¿O a alguien cuyo vecino resulte ser el primo hermano de su ex cuñado?
Una de las coincidencias más curiosas que me han contado es la de una pareja que estaba enseñando fotos antiguas a unos amigos. En una de esas fotos, salía la chica con esos amigos tomando algo en un chiringuito, cuando aún no conocía a su marido. De repente, sus amigos se dan cuenta de que en esa foto, también está el marido, en el mismo chiringuito, en la mesa de al lado, con otro grupo de gente. Y la pareja no se había dado cuenta de ese hecho hasta entonces. ¿No es genial?
La vida tiene unos trucos, unos recovecos, unos ires y venires, que la hacen realmente entretenida y que generan, sobre todo, muchos temas de conversación.
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La recordé el otro día:
God Gave Me Everything - Mick Jagger.
Me encanta jugar. A juegos de mesa, principalmente. Y a juegos de mesa on-line, aunque sea algo casi contradictorio. A veces juego en una página de Internet a varias cosas y en esa "sala de juegos", tienes la posibilidad de comunicarte con tus contrincantes. La mayor parte de las veces sólo uso esa posibilidad para decir "suerte" o "enhorabuena" o "vaya por Dios". Pero a veces, alguien suelta un chiste y te ríes y tú sueltas otro. Pues bueno, eso ha pasado hoy. Y tras el segundo chiste, mi contrincante me ha preguntado cuántos años tengo. No he querido contestar y he dicho que soy muy vieja y que tengo todos los años del mundo. Pero ha insistido y, como yo no sé mentir (no sé por qué, tengo esa estúpida incapacidad), he dicho la verdad. Y me dice: "¡Yo también! Soy del 72". Y añade: "¿de qué mes? Yo de mayo". Vaya... yo también, yo también... Hasta que al final, concreta el día y... ¿adivináis? Sí. Nacimos los dos exactamente el mismo día.
Por supuesto, no me lo creería si él no hubiera dicho antes el mes y el día, pero ha sido así. Y lo más gracioso es que, cuando juego en esa página, suelo hacerlo casi siempre contra la misma gente, es decir, suelo tener siempre los 5 ó 6 mismos contrincantes.
De todas las páginas de juegos de Internet, de todos los jugadores de esa página y de todos los de ese juego en concreto, yo juego con 5 ó 6 y uno de ellos nació dos horas antes que yo. Y, encima, nos lo decimos. Porque de los otros 4 ó 5, no tengo ni idea de sus edades, ni ellos de la mía.
Casualidades como esta, nos suceden a todos de vez en cuando. Sabemos que pasan, que forman parte de la vida, que no son milagros, porque son posibles, pero siempre nos sorprenden, soltando un chispacito, haciendo que tengamos algo que contar, o algo que escribir una noche en un blog.
¿Cuántas coincidencias como esta podríais contar? Seguro que muchas. Seguro que se podría escribir un buen anecdotario juntando las de 3 ó 4 personas.
¿Quién no conoce a alguien que se ha encontrado a un conocido en medio de un bosque de un país extranjero? ¿O a alguien cuyo vecino resulte ser el primo hermano de su ex cuñado?
Una de las coincidencias más curiosas que me han contado es la de una pareja que estaba enseñando fotos antiguas a unos amigos. En una de esas fotos, salía la chica con esos amigos tomando algo en un chiringuito, cuando aún no conocía a su marido. De repente, sus amigos se dan cuenta de que en esa foto, también está el marido, en el mismo chiringuito, en la mesa de al lado, con otro grupo de gente. Y la pareja no se había dado cuenta de ese hecho hasta entonces. ¿No es genial?
La vida tiene unos trucos, unos recovecos, unos ires y venires, que la hacen realmente entretenida y que generan, sobre todo, muchos temas de conversación.
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La recordé el otro día:
God Gave Me Everything - Mick Jagger.
martes, 4 de enero de 2011
Queridos Reyes Magos.
Esta semana es casi una aventura atravesar las calles. Y mucho más lo es atravesar una tienda. Todo el mundo está comprando. O todo el mundo está intentando comprar.
Y aunque a mí me encanta hacerlo, me paro a pensar y es precisamente ahora cuando me parece que regalar pierde todo el sentido.
Estamos obligados a hacerlo. Tenemos que encontrar algo maravilloso que guste a quienes queremos. O, al menos, algo que necesiten. Y es precisamente cuando, la mayoría de las veces, no encuentras lo que buscas.
En ocasiones, es porque no se te ocurre nada, porque temes no estar a la altura, o porque la persona en cuestión parece tener de todo. Y en otras ocasiones es porque, aunque lo tengas clarísimo, cientos de personas también lo han tenido igual de claro y ese producto en concreto está agotado.
"Está agotado". Es una frase que todos tememos en estas fechas, o en los cumpleaños... ¿Somos todos así de simples? ¿Todos tenemos los mismos gustos? ¿Y las mismas tallas?
Regalar debería significar algo parecido a "te quiero". Y un "te quiero" dicho sólo en bodas, lechos de muerte o aniversarios, no tiene más sentido que comer torrijas en Semana Santa.
Pero un regalo a destiempo... es algo que no se olvida. Seguramente, muchas veces no podamos recordar qué nos regaló fulanito hace dos navidades. Pero si fulanito apareció un día, así, porque sí, con un paquetito bajo el brazo, cualquier jueves por la tarde, es probable que no lo olvidemos nunca.
Estamos obligados a comprar, igual que lo estamos a comer turrón, o a ser felices en estas fechas.
Comamos turrón todo el año. Seamos felices todo el año. Y, por supuesto, regalemos todo el año. Es más barato y más fácil que lo que busquemos no esté agotado. Y, encima, no lo olvidarán.
Felices Reyes.
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Y yo voy, y os regalo esta canción:
Amazing - George Michael.
Y aunque a mí me encanta hacerlo, me paro a pensar y es precisamente ahora cuando me parece que regalar pierde todo el sentido.
Estamos obligados a hacerlo. Tenemos que encontrar algo maravilloso que guste a quienes queremos. O, al menos, algo que necesiten. Y es precisamente cuando, la mayoría de las veces, no encuentras lo que buscas.
En ocasiones, es porque no se te ocurre nada, porque temes no estar a la altura, o porque la persona en cuestión parece tener de todo. Y en otras ocasiones es porque, aunque lo tengas clarísimo, cientos de personas también lo han tenido igual de claro y ese producto en concreto está agotado.
"Está agotado". Es una frase que todos tememos en estas fechas, o en los cumpleaños... ¿Somos todos así de simples? ¿Todos tenemos los mismos gustos? ¿Y las mismas tallas?
Regalar debería significar algo parecido a "te quiero". Y un "te quiero" dicho sólo en bodas, lechos de muerte o aniversarios, no tiene más sentido que comer torrijas en Semana Santa.
Pero un regalo a destiempo... es algo que no se olvida. Seguramente, muchas veces no podamos recordar qué nos regaló fulanito hace dos navidades. Pero si fulanito apareció un día, así, porque sí, con un paquetito bajo el brazo, cualquier jueves por la tarde, es probable que no lo olvidemos nunca.
Estamos obligados a comprar, igual que lo estamos a comer turrón, o a ser felices en estas fechas.
Comamos turrón todo el año. Seamos felices todo el año. Y, por supuesto, regalemos todo el año. Es más barato y más fácil que lo que busquemos no esté agotado. Y, encima, no lo olvidarán.
Felices Reyes.
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Y yo voy, y os regalo esta canción:
Amazing - George Michael.
domingo, 2 de enero de 2011
Mi tocadiscos.
Un tocadiscos, hoy en día, es, sin duda, una antigualla. Aún se siguen usando entre algunos disc-jockeys (bueno, ahora se dice dj), pero a casi nadie se le ocurre comprarse uno para casa.
En cambio, a mí me regalaron uno los Reyes Magos hace un par de años.
En mi casa, la música siempre ha estado presente. Desde que nací, no he dejado de escucharla. Y sé que a gente más mayor que yo, le choca que me sepa de memoria canciones de principios de los 70.
Por eso, lo de "esa canción es de mi época", para mí no tiene mucho sentido. Todas las canciones son de mi época.
Esta mañana, a raíz de un programa de televisión, he recordado una canción que tarareaba cuando sólo tenía 4 años y me ha parecido casi mágico poder acercarme a mi estantería, sacar un disco de vinilo, ponerla en el plato y escucharla. No, no me ha dado por buscarla en Youtube o en Spotify. Me ha dado por poner el disco.
Hacía tiempo que no desempolvaba mis vinilos. No tengo tantos como quisiera, ni tantos como tenía hace 20 años. No sé por qué, muchos se han "traspapelado". Pero los que quedan son un tesoro para mí.
Tener esas canciones ahí, me resulta muy distinto a tenerlas disponibles en la red. Las que tengo aquí son más mías y no porque las haya pagado, sino porque me parece que están, físicamente, en esos surcos negros.
Recuerdo lo que era para mí comprarme un disco. O que me lo regalaran. Me sentía tremendamente afortunada cuando conseguía el que quería. En mi casa, siempre hubo. Mis padres compraban muchos antes de que yo naciera. Pero nunca olvidaré los dos primeros que me regalaron: el primer LP de Mecano (el del reloj en la portada) y "Bravo Muchachos", un recopilatorio de Miguel Bosé. Los dos son de 1982, así que yo tenía 10 años (ahora se entiende lo de Miguel Bosé). Fue increíble para mí la sensación de que me regalaran esos discos. De verdad, no había nada mejor que me pudieran regalar.
Quitarle el plástico. Buscar dentro, con ansia, por si venían las letras de las canciones. Sacar el vinilo y verlo brillante, nuevo, resplandeciente, sin un arañazo. Colocarlo en el plato y situar la aguja en el surco de mi canción favorita... Nunca será lo mismo que teclear el título en Google, ni pinchar en el icono del archivo. Sé que eso mismo dirán de los mp3 dentro de 30 años, cuando vete tú a saber cómo escucharemos música. Pero mi recuerdo romántico procede de estos plásticos y no de unos cuantos bytes.
Por eso no podría deshacerme de ellos. De ninguno. Y, por supuesto, no podría prescindir de mi pequeño tocadiscos.
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Hoy, una canción de mis vinilos:
It's My Life - Talk Talk
En cambio, a mí me regalaron uno los Reyes Magos hace un par de años.
En mi casa, la música siempre ha estado presente. Desde que nací, no he dejado de escucharla. Y sé que a gente más mayor que yo, le choca que me sepa de memoria canciones de principios de los 70.
Por eso, lo de "esa canción es de mi época", para mí no tiene mucho sentido. Todas las canciones son de mi época.
Esta mañana, a raíz de un programa de televisión, he recordado una canción que tarareaba cuando sólo tenía 4 años y me ha parecido casi mágico poder acercarme a mi estantería, sacar un disco de vinilo, ponerla en el plato y escucharla. No, no me ha dado por buscarla en Youtube o en Spotify. Me ha dado por poner el disco.
Hacía tiempo que no desempolvaba mis vinilos. No tengo tantos como quisiera, ni tantos como tenía hace 20 años. No sé por qué, muchos se han "traspapelado". Pero los que quedan son un tesoro para mí.
Tener esas canciones ahí, me resulta muy distinto a tenerlas disponibles en la red. Las que tengo aquí son más mías y no porque las haya pagado, sino porque me parece que están, físicamente, en esos surcos negros.
Recuerdo lo que era para mí comprarme un disco. O que me lo regalaran. Me sentía tremendamente afortunada cuando conseguía el que quería. En mi casa, siempre hubo. Mis padres compraban muchos antes de que yo naciera. Pero nunca olvidaré los dos primeros que me regalaron: el primer LP de Mecano (el del reloj en la portada) y "Bravo Muchachos", un recopilatorio de Miguel Bosé. Los dos son de 1982, así que yo tenía 10 años (ahora se entiende lo de Miguel Bosé). Fue increíble para mí la sensación de que me regalaran esos discos. De verdad, no había nada mejor que me pudieran regalar.
Quitarle el plástico. Buscar dentro, con ansia, por si venían las letras de las canciones. Sacar el vinilo y verlo brillante, nuevo, resplandeciente, sin un arañazo. Colocarlo en el plato y situar la aguja en el surco de mi canción favorita... Nunca será lo mismo que teclear el título en Google, ni pinchar en el icono del archivo. Sé que eso mismo dirán de los mp3 dentro de 30 años, cuando vete tú a saber cómo escucharemos música. Pero mi recuerdo romántico procede de estos plásticos y no de unos cuantos bytes.
Por eso no podría deshacerme de ellos. De ninguno. Y, por supuesto, no podría prescindir de mi pequeño tocadiscos.
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Hoy, una canción de mis vinilos:
It's My Life - Talk Talk
viernes, 17 de diciembre de 2010
En armonía.
Madrid está colapsado estos días. No solamente las compras de Navidad invaden la ciudad de coches y de tarjetas de crédito andantes. Otro motivo hace que sea imposible transitar por las calles del centro al mediodía o a partir de las 8 de la tarde: las comidas y cenas de empresa.
Afortunadamente, este año yo sólo tengo una pequeñita, íntima, a la que acudirá gente muy de mi agrado y con la que tengo buena y frecuente relación. Pero no se me olvidan las de años anteriores. Esas eran como suelen ser la mayoría.
Esos eventos suelen ser organizados por jefes entusiastas. Jefes que, durante el año, no suelen preocuparse lo más mínimo por un alto porcentaje de sus empleados. De muchos de ellos, ni siquiera conocen sus nombres, pero gracias a sus eficientes secretarias, logran sus direcciones de correo electrónico para enviarles una jovial invitación. Los jefes con familia suelen organizarla un día entre el martes y el jueves. Los solitarios reservan un viernes por la noche. Y cualquier opción, ya sea comida o cena, es mala.
Las comidas de empresa son interminables. Se reserva una mesa gigante y, si llegas tarde, te toca sentarte con un tipo que trabaja en la 4ª planta al que sólo conoces de cruzártelo en el ascensor. Se tarda un horror en decidir el menú y luego, se prolonga con café, copa y puro. Y discurso. Y obligación de discurso a los nuevos, al becario, al que se va, al que ha sido padre... Es como una boda sin novios. Y en lugar de gritar "que se besen", el pesao de turno berrea "que hable, que hable". El jefe es el equivalente al padre de la novia y es frecuente que termine con la corbata anudada a la cabeza, a lo John McEnroe.
A las cinco de la tarde, la mayoría están borrachos. Y las borracheras de siesta son espantosas. Si formas parte del jolgorio, te diviertes, sin duda. Y si no, lo más seguro es que encima seas tan pringado que tengas que volver a la oficina a comerte los marrones que han surgido durante las 3 horas y media de almuerzo. A veces, la fiesta continúa en algún karaoke cercano, lleno de ejecutivos con corbata y ejecutivas con falda tubo y zapato salón, cantando a voz en grito, hombro con hombro, clásicos como "Bailar pegados".
Donde yo trabajaba antes, en los últimos años, había que volver para fichar. Sólo había hora y media justificable para comer, así que se perdió la costumbre de desmadrarse y las comidas eran bastante sosas. Esa es otra opción. Todo el mundo está sobrio y tu jefe intenta ser amable e integrarse, como si fuera uno más. Pero provoca el efecto contrario y el personal está más tieso que una vela, intentando no decir nada fuera de lugar. El intento de quedar bien por parte del jefe, suele fracasar cuando llama Pedro a mi compañero Rodrigo, o cuando le pregunta a Inés qué tal le ha ido en sus recientes vacaciones e Inés contesta que aún no ha podido cogerse un solo día.
La opción cena resulta igual de nefasta. Pero tiene otras posibles salidas, más entretenidas. El jefe suele escoger un sitio que frecuenta. Suele ser su italiano favorito y normalmente lo escoge céntrico. Así le viene bien a todo el mundo. Incluso a Nicolás, que vive en Paracuellos del Jarama, a 25 kms. de Madrid. Pero Nicolás tiene que ir. Todos tienen que ir. Las situaciones de las cenas suelen ser parecidas. Sólo varía que, excepto Nicolás, al que no le ha dado tiempo, el resto se ha vestido con sus mejores galas. Y suele ser divertido ver cómo Jacobo, el de marketing, siempre tan puesto con su corbata y sus castellanos, cuando se relaja usa pantalón de cuero, aunque ya no deba.
Después de la cena, los que viven lejos, los empleados sensatos y los padres felices, suelen retirarse a sus hogares, aliviados y satisfechos por el deber cumplido. El resto, se va de fiesta. Suele acabarse en un garito que conoce uno. El grupo que sale de cena de empresa es fácilmente reconocible. Está formado por gente de edades entre los 25 y los 63, que viste de manera muy variada: un moderno, una marujilla, uno con corbata, una choni, una pija que reniega de serlo, un viejo rockero, una cuarentona que no admite que ha cogido dos tallas, una chica normal, un descamisado... De todo, como en botica. Entonces la borrachera cobra más sentido. Unos beben para olvidar que están ahí y otros beben para ligarse a ese de Cobros que te pone mala, pero te hace caso omiso, o a esa de Compras que te dice "sí, pero no" durante el año.
Sea como sea, el más listo es el que se ha cogido vacaciones desde el día siguiente. Será el único que no tenga que dar la cara. El único que se aprovechará de que cuando vuelva a verles, no se acordarán de lo que pasó esa noche.
No todos los eventos de empresa son así. Hay departamentos realmente bien avenidos. Pero, curiosamente, esos no suelen hacer ninguna celebración fuera de lo corriente. Como en el amor verdadero, no necesitan hacer ostentación para demostrarse que se quieren.
A pesar de todo, hoy en día es una suerte tener una cena de estas características. Es señal inequívoca de que se tiene trabajo.
Felices fiestas de empresa.
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Comienzo las vacaciones con talante optimista. Y ¿quién más optimista que Dean Martin cantando al amor con una tarantella?
That's Amore - Dean Martin
Afortunadamente, este año yo sólo tengo una pequeñita, íntima, a la que acudirá gente muy de mi agrado y con la que tengo buena y frecuente relación. Pero no se me olvidan las de años anteriores. Esas eran como suelen ser la mayoría.
Esos eventos suelen ser organizados por jefes entusiastas. Jefes que, durante el año, no suelen preocuparse lo más mínimo por un alto porcentaje de sus empleados. De muchos de ellos, ni siquiera conocen sus nombres, pero gracias a sus eficientes secretarias, logran sus direcciones de correo electrónico para enviarles una jovial invitación. Los jefes con familia suelen organizarla un día entre el martes y el jueves. Los solitarios reservan un viernes por la noche. Y cualquier opción, ya sea comida o cena, es mala.
Las comidas de empresa son interminables. Se reserva una mesa gigante y, si llegas tarde, te toca sentarte con un tipo que trabaja en la 4ª planta al que sólo conoces de cruzártelo en el ascensor. Se tarda un horror en decidir el menú y luego, se prolonga con café, copa y puro. Y discurso. Y obligación de discurso a los nuevos, al becario, al que se va, al que ha sido padre... Es como una boda sin novios. Y en lugar de gritar "que se besen", el pesao de turno berrea "que hable, que hable". El jefe es el equivalente al padre de la novia y es frecuente que termine con la corbata anudada a la cabeza, a lo John McEnroe.
A las cinco de la tarde, la mayoría están borrachos. Y las borracheras de siesta son espantosas. Si formas parte del jolgorio, te diviertes, sin duda. Y si no, lo más seguro es que encima seas tan pringado que tengas que volver a la oficina a comerte los marrones que han surgido durante las 3 horas y media de almuerzo. A veces, la fiesta continúa en algún karaoke cercano, lleno de ejecutivos con corbata y ejecutivas con falda tubo y zapato salón, cantando a voz en grito, hombro con hombro, clásicos como "Bailar pegados".
Donde yo trabajaba antes, en los últimos años, había que volver para fichar. Sólo había hora y media justificable para comer, así que se perdió la costumbre de desmadrarse y las comidas eran bastante sosas. Esa es otra opción. Todo el mundo está sobrio y tu jefe intenta ser amable e integrarse, como si fuera uno más. Pero provoca el efecto contrario y el personal está más tieso que una vela, intentando no decir nada fuera de lugar. El intento de quedar bien por parte del jefe, suele fracasar cuando llama Pedro a mi compañero Rodrigo, o cuando le pregunta a Inés qué tal le ha ido en sus recientes vacaciones e Inés contesta que aún no ha podido cogerse un solo día.
La opción cena resulta igual de nefasta. Pero tiene otras posibles salidas, más entretenidas. El jefe suele escoger un sitio que frecuenta. Suele ser su italiano favorito y normalmente lo escoge céntrico. Así le viene bien a todo el mundo. Incluso a Nicolás, que vive en Paracuellos del Jarama, a 25 kms. de Madrid. Pero Nicolás tiene que ir. Todos tienen que ir. Las situaciones de las cenas suelen ser parecidas. Sólo varía que, excepto Nicolás, al que no le ha dado tiempo, el resto se ha vestido con sus mejores galas. Y suele ser divertido ver cómo Jacobo, el de marketing, siempre tan puesto con su corbata y sus castellanos, cuando se relaja usa pantalón de cuero, aunque ya no deba.
Después de la cena, los que viven lejos, los empleados sensatos y los padres felices, suelen retirarse a sus hogares, aliviados y satisfechos por el deber cumplido. El resto, se va de fiesta. Suele acabarse en un garito que conoce uno. El grupo que sale de cena de empresa es fácilmente reconocible. Está formado por gente de edades entre los 25 y los 63, que viste de manera muy variada: un moderno, una marujilla, uno con corbata, una choni, una pija que reniega de serlo, un viejo rockero, una cuarentona que no admite que ha cogido dos tallas, una chica normal, un descamisado... De todo, como en botica. Entonces la borrachera cobra más sentido. Unos beben para olvidar que están ahí y otros beben para ligarse a ese de Cobros que te pone mala, pero te hace caso omiso, o a esa de Compras que te dice "sí, pero no" durante el año.
Sea como sea, el más listo es el que se ha cogido vacaciones desde el día siguiente. Será el único que no tenga que dar la cara. El único que se aprovechará de que cuando vuelva a verles, no se acordarán de lo que pasó esa noche.
No todos los eventos de empresa son así. Hay departamentos realmente bien avenidos. Pero, curiosamente, esos no suelen hacer ninguna celebración fuera de lo corriente. Como en el amor verdadero, no necesitan hacer ostentación para demostrarse que se quieren.
A pesar de todo, hoy en día es una suerte tener una cena de estas características. Es señal inequívoca de que se tiene trabajo.
Felices fiestas de empresa.
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Comienzo las vacaciones con talante optimista. Y ¿quién más optimista que Dean Martin cantando al amor con una tarantella?
That's Amore - Dean Martin
miércoles, 15 de diciembre de 2010
Where everybody knows your name.
A veces compro tabaco en el bar de la esquina. Bueno, más concretamente en el bar del chaflán de enfrente. Es un bar al que jamás iría a otra cosa que a comprar tabaco. Nada me invita a ello. Hace cosa de un año, cambiaron de dueños e hicieron reforma. Antes de esa reforma, nunca había entrado allí, pero la primera vez que fui, no logré entender qué podrían haber reformado. Es el típico bar de barrio de periferia, con una carencia absoluta de decoración, iluminado por unos tubos fluorescentes que aumentan la tonalidad verde hospital de sus paredes y que dejan a oscuras el interior de la barra. Las bebidas están repartidas por unas baldas baratas y el cartel de "Reservado el derecho de admisión" está impreso en un folio manchado de grasa y semioculto tras el mando a distancia de la máquina de tabaco. Hay cuatro mesas colocadas sin orden, entre las que no se puede transitar por falta de espacio. Lo único que en ese lugar parece tener menos de 25 años es la televisión.
En mi calle, como en casi todas las de Madrid, hay muchos sitios para tomar algo. Cada uno de ellos tiene cierto encanto, un cierto toque de decoración que lo hace cálido y distinto. Uno es tipo árabe, otro, un pub estilo inglés, otro, el local de comida casera de toda la vida, o una cafetería bien servida con un menú de cierto nivel. Pero el bar del chaflán no tiene nada de esto y, en cambio, es tan necesario...
Lo es por las personas que acuden a él. No paso mucho tiempo allí cuando voy. A lo sumo, dos o tres minutos, dependiendo si necesito cambio o no. Pero en ese ratito, me da tiempo a escuchar alguna que otra conversación y a observar al personal. La mayor parte de los clientes van solos. Algunos se toman un café o una copa en silencio, en un rincón, limitándose a observar o a leer el periódico. Otros hablan con la camarera y otros, hablan entre ellos, aunque no hayan ido juntos. Y todos cuentan su historia. Historias duras, en su mayoría. Lo mal que lo pasaron en el 60, cuando tuvieron la polio. Lo mucho que les duele la cadera cuando llega el invierno. Lo duro que es no saber nada de su hija desde que se fue con ese malnacido. Lo insoportable que se hace ir a trabajar con esa mierda de jefe.
Muchos tienen la piel ajada. Otros, enrojecida. Algunos llevan muletas. Otras, abrigos raídos o llenos de lamparones. La voz ronca. La mirada caída. Las manos moradas, a veces.
Por eso es tan necesario ese bar. Mucho más que el de los camareros con pajarita o el del té marroquí. Porque los bares son las iglesias de los ateos. En el bar, te perdonan tus pecados, te resguardan del frío, escuchan tus confesiones y el vino te limpia de culpas y te aplaca el dolor.
Es un símil manido. De ahí, seguramente, el nombre de "parroquianos" para los clientes habituales. Pero es tremendamente cierto. Todos necesitamos nuestros psicólogos, sea uno colegiado, un sacerdote, tu vecina del sexto o tu camarero habitual.
Y probablemente ese bar tan feo y mal iluminado sea el lugar más bello del mundo para quienes sólo son escuchados allí.
----------
Me gusta mucho él. Por su arrogancia y porque es un showman como la copa de un pino. Y por esta canción.
No Regrets - Robbie Williams
En mi calle, como en casi todas las de Madrid, hay muchos sitios para tomar algo. Cada uno de ellos tiene cierto encanto, un cierto toque de decoración que lo hace cálido y distinto. Uno es tipo árabe, otro, un pub estilo inglés, otro, el local de comida casera de toda la vida, o una cafetería bien servida con un menú de cierto nivel. Pero el bar del chaflán no tiene nada de esto y, en cambio, es tan necesario...
Lo es por las personas que acuden a él. No paso mucho tiempo allí cuando voy. A lo sumo, dos o tres minutos, dependiendo si necesito cambio o no. Pero en ese ratito, me da tiempo a escuchar alguna que otra conversación y a observar al personal. La mayor parte de los clientes van solos. Algunos se toman un café o una copa en silencio, en un rincón, limitándose a observar o a leer el periódico. Otros hablan con la camarera y otros, hablan entre ellos, aunque no hayan ido juntos. Y todos cuentan su historia. Historias duras, en su mayoría. Lo mal que lo pasaron en el 60, cuando tuvieron la polio. Lo mucho que les duele la cadera cuando llega el invierno. Lo duro que es no saber nada de su hija desde que se fue con ese malnacido. Lo insoportable que se hace ir a trabajar con esa mierda de jefe.
Muchos tienen la piel ajada. Otros, enrojecida. Algunos llevan muletas. Otras, abrigos raídos o llenos de lamparones. La voz ronca. La mirada caída. Las manos moradas, a veces.
Por eso es tan necesario ese bar. Mucho más que el de los camareros con pajarita o el del té marroquí. Porque los bares son las iglesias de los ateos. En el bar, te perdonan tus pecados, te resguardan del frío, escuchan tus confesiones y el vino te limpia de culpas y te aplaca el dolor.
Es un símil manido. De ahí, seguramente, el nombre de "parroquianos" para los clientes habituales. Pero es tremendamente cierto. Todos necesitamos nuestros psicólogos, sea uno colegiado, un sacerdote, tu vecina del sexto o tu camarero habitual.
Y probablemente ese bar tan feo y mal iluminado sea el lugar más bello del mundo para quienes sólo son escuchados allí.
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Me gusta mucho él. Por su arrogancia y porque es un showman como la copa de un pino. Y por esta canción.
No Regrets - Robbie Williams
sábado, 11 de diciembre de 2010
Cosas de la edad.
Cuando eres niño, las horas parecen no pasar. Las tardes de domingo son eternas. Nunca llega la hora del recreo. La noche de Reyes siempre está lejísimos. Y cumplir los 18 es algo que parece inalcanzable. Los mayores te dicen que el tiempo pasa muy deprisa y tú no lo crees. Y luego, eres mayor y no puedes creerte que el tiempo haya pasado tan deprisa.
Un martes viene casi después del jueves. Septiembre parece el mes siguiente a marzo. Los 35 se cumplen el año siguiente a los 23.
Y no te das cuenta de que pasa la vida. Y ves a tus coetáneos y te parecen unos carrozas. Y te crees que tú no lo pareces. Y no entiendes por qué te llaman de usted, ni por qué ya no te sienta bien la ropa de la planta joven de El Corte Inglés.
Probablemente es porque, para algunos, sólo envejece el cuerpo. El espíritu o lo que sea, madura, se moldea... pero no llega a envejecer.
He encontrado un blog que seguramente muchos de vosotros ya conocíais, porque es muy famoso. En cambio, yo no lo he visto hasta hoy. Es el blog de María Amalia, una mujer que, con 95 años y la ayuda de su nieto, comenzó a escribir en Internet. María Amalia murió el año pasado, pero el blog se mantiene vivo. Le he echado un vistazo y me he encontrado con una mujer tremendamente joven, que aun nonagenaria, seguía teniendo la misma curiosidad y la misma capacidad de sorpresa que cualquier niño de ocho.
Y, como ella, hay cientos de miles de ancianos cuya mente no vive conforme a su edad. Cuya mente vive conforme a la vida. Gente que, ante las novedades se niega a decir cosas como "eso ya no es para mí".
Me ha encantado una frase suya, fabulosa: "Y el joven no se da cuenta de las dificultades que tiene el viejo, porque nunca fue viejo."
Una anciana como ella, como tantos otros, nunca ha sido vieja en realidad. Los viejos son viejos desde antes, desde muy jóvenes.
Es difícil desarraigarse de la cultura en la que uno nace, de las creencias que nos inculcan desde pequeños, de las limitaciones que nos pone la sociedad, el qué dirán, lo que está bien visto, lo que es "normal", lo que "debe ser". Pero la juventud reside en la apertura mental. Reside en ser curioso y plantearse por qué los demás son distintos, por qué actúan de manera diferente, por qué las cosas son así ahora y no como cuando éramos jóvenes. Reside en tener ilusión por seguir conociendo, por seguir preguntando y preguntándose. Como decía María Amalia, "El preguntar no tiene cancela."
Cuántos mueren viejos con 23 años y cuántos mueren jóvenes con 98, con toda la vida por delante...
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Hoy, la canción va dedicada a un joven amigo y lector mío que siempre será joven, aunque ayer cumpliera nada menos que 28 años. Sé que te gusta:
Let's Dance - David Bowie
Un martes viene casi después del jueves. Septiembre parece el mes siguiente a marzo. Los 35 se cumplen el año siguiente a los 23.
Y no te das cuenta de que pasa la vida. Y ves a tus coetáneos y te parecen unos carrozas. Y te crees que tú no lo pareces. Y no entiendes por qué te llaman de usted, ni por qué ya no te sienta bien la ropa de la planta joven de El Corte Inglés.
Probablemente es porque, para algunos, sólo envejece el cuerpo. El espíritu o lo que sea, madura, se moldea... pero no llega a envejecer.
He encontrado un blog que seguramente muchos de vosotros ya conocíais, porque es muy famoso. En cambio, yo no lo he visto hasta hoy. Es el blog de María Amalia, una mujer que, con 95 años y la ayuda de su nieto, comenzó a escribir en Internet. María Amalia murió el año pasado, pero el blog se mantiene vivo. Le he echado un vistazo y me he encontrado con una mujer tremendamente joven, que aun nonagenaria, seguía teniendo la misma curiosidad y la misma capacidad de sorpresa que cualquier niño de ocho.
Y, como ella, hay cientos de miles de ancianos cuya mente no vive conforme a su edad. Cuya mente vive conforme a la vida. Gente que, ante las novedades se niega a decir cosas como "eso ya no es para mí".
Me ha encantado una frase suya, fabulosa: "Y el joven no se da cuenta de las dificultades que tiene el viejo, porque nunca fue viejo."
Una anciana como ella, como tantos otros, nunca ha sido vieja en realidad. Los viejos son viejos desde antes, desde muy jóvenes.
Es difícil desarraigarse de la cultura en la que uno nace, de las creencias que nos inculcan desde pequeños, de las limitaciones que nos pone la sociedad, el qué dirán, lo que está bien visto, lo que es "normal", lo que "debe ser". Pero la juventud reside en la apertura mental. Reside en ser curioso y plantearse por qué los demás son distintos, por qué actúan de manera diferente, por qué las cosas son así ahora y no como cuando éramos jóvenes. Reside en tener ilusión por seguir conociendo, por seguir preguntando y preguntándose. Como decía María Amalia, "El preguntar no tiene cancela."
Cuántos mueren viejos con 23 años y cuántos mueren jóvenes con 98, con toda la vida por delante...
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Hoy, la canción va dedicada a un joven amigo y lector mío que siempre será joven, aunque ayer cumpliera nada menos que 28 años. Sé que te gusta:
Let's Dance - David Bowie
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