De dónde sale esto.

En mayo de 2009, fui a Los Ángeles en un viaje de trabajo. Se trataba de asistir a un evento anual al que sólo suelen ir los grandes jefes de ciertas empresas, pero ese año, un "gran jefe" no pudo ir y fui yo, una doña nadie. El blog nació sólo como una forma diferente y barata de comunicarme con mi familia y amigos mientras estaba allí, a 9 horas de distancia temporal. Pero luego, le cogí el gustillo y, aunque ya no estoy allí, sino en Madrid, considero que nuestras vidas son unas grandes súper producciones y que yo, al fin y al cabo, sigo siendo una doña nadie en Hollywood.

viernes, 25 de junio de 2010

Lejos de aquí.

Un día, mientras le contaba a alguien que iba a viajar a París, las cosas que no debería perderse en su visita, me interrumpió para preguntarme: "Pero, ¿tú cuánto tiempo estuviste allí?". Le contesté la verdad: tres días. "Y ¿cómo es posible que me des tanto detalle? ¡Si parece que has estado un mes!". Y era cierto. Acumulé tanta información que parecía que lo conocía al dedillo.

Y es que viajar sería, seguramente, a lo que dedicaría todo mi tiempo libre. Pero como tengo aún menos dinero que tiempo, lo hago infinitamente menos de lo deseable.

Empecé a viajar desde que nací. Con cuatro años, ya me había recorrido buena parte de España con mi familia (lógicamente, aún no me dejaban viajar sola). Hasta que entré en la guardería, viví en Pamplona, en Ciudad Real, en Lleida (hoy he aprendido que es la forma "legal" de decir Lérida), en Tenerife, en Gran Canaria, en Bilbao... Vamos, lo que se dice "un no parar".

Después, cuando el colegio me impedía seguir a mi padre en sus viajes de trabajo, aprovechábamos las largas vacaciones estivales para irnos con él todo el verano. Dos meses en Barcelona, otros dos en Alicante... Sin contar con que mis progenitores no parecían tener bastante con los viajes laborales y, en cuanto podían, nos llevaban de excursión o de vacaciones por Andalucía, o Galicia, o Castellón...

Así que, estar de viaje era casi mi estado natural. Nunca me ha dado pereza hacer una maleta y salir pitando.

Cuando empecé a viajar con amigos y tenía que costeármelo yo, me encontré con dos handicaps: la falta de dinero y mi absoluto terror a montar en avión. Así que comencé con rutas en autocar por la Europa próxima: Portugal, Francia, Países Bajos, Bélgica... Esos típicos viajes organizados, de levantarse a las 6 de la mañana, comer con miedo a perder el autobús... Me daba igual. Lo único que quería era descubrir rincones nuevos, sacar cientos de fotos ("cientos" no es una forma de hablar), escribir sobre lo que vivía y veía.

Fue así como me entrené para sacarle el jugo a las estancias cortas. Porque, a pesar de tener que ser una turista más, de las típicas de bermuda, gafas, mochila y sombrero, yo intentaba no serlo por dentro. Intentaba imaginar que realmente estaba viviendo en cada ciudad. Absorbía cada minuto, memorizaba cada puerta, ventana, esquina, cartel...

Más tarde, fui ampliando los horizontes y empecé a coger aviones y a dejar los viajes organizados. Y cada vez entro a menos museos y a más bares o parques, o a calles que no vienen en las guías... Porque me gustaría vivir un tiempo en cada ciudad que visito. Me gustaría pasar desapercibida y parecer uno más. Algo que jamás conseguiré mientras siga teniendo que preguntar "do you speak English" en países no angloparlantes...

Porque cuando viajo, soy libre. Me puedo inventar un personaje, que viste de forma distinta y no tiene pasado.

Por eso me pongo un poco mustia cuando paso demasiado tiempo sin salir de Madrid. Recuerdo que, cuando cada mañana iba a mi anterior trabajo por la carretera de Colmenar, me entraban unas ganas casi irrefrenables de saltarme la salida y continuar hacia cualquier sitio.

Viajar es la mejor forma de renovarse, de conocerse, de limpiar la mente, de hacerse más fuerte o, mejor aún, más flexible.

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La canción de hoy no viene a cuento de nada. Simplemente, me gusta mucho. Y como novedad, es actual... que todo lo que pongo aquí suele ser bastante "carca"...

jueves, 24 de junio de 2010

Objetivamente subjetivo.

En mi carrera teníamos una asignatura llamada Realización, que tenía una parte de Historia del Cine. Nos hablaban de las distintas corrientes cinematográficas y entre ellas, estaba la que se conocía como “Kino Glaz” (“cine ojo” en ruso), creada por el documentalista Dziga Vertov. Esta corriente defendía la idea de que la cámara debía ser un ojo que únicamente transmitiera lo que ve, sin juzgar, sin preparar, usando el montaje sólo para unir fragmentos y no como instrumento de lenguaje. La cámara debía ser absolutamente objetiva y rodar lo que ocurriera delante de ella, sin censura y sin tratamiento.

A mí todo aquello me pareció muy bien, salvo por un detalle que discutí con un profesor: algunos de esos documentales, llevaban música. Música “heterodiegética”. Música puesta ahí por el realizador durante el montaje. Y la música anula la objetividad. Porque la música es tremendamente expresiva. Y no es lo mismo que, mientras nos graban, yo te mire y suenen de fondo las Gimnopedias de Satie, que la Quinta de Beethoven. El mensaje es bien distinto en ambos casos.

Es por eso que me saca de quicio la moda que siguen actualmente algunos programas de corte informativo, que añaden música de fondo a sus reportajes. En muchísimos casos, realmente inoportuna.

Me molesta, porque una cosa es poner una musiquita para ambientar una noticia sobre cine, o sobre la Pasarela Cibeles y otra muy distinta ponérsela al testimonio de los familiares de una víctima de malos tratos, o cualquier otra desgracia. En este último caso, me parece una total falta de respeto. Porque, aunque la música tenga un tono dramático o melancólico, la desgracia se está acentuando de una forma bastante teatral, cuando la desgracia en sí misma es más que suficiente para llegar al corazón y despertar la empatía de los televidentes.

Es algo como lo que argumentaba Hitchcock sobre la ausencia de música en su película Los pájaros. Las aves y sus graznidos eran lo suficientemente terroríficos por sí solos.

Defiendo el uso de la música en el documental, porque al fin y al cabo, es una obra “de autor” y cada autor expresa lo que quiere como quiere. En cambio, creo que jamás debería acompañar a un reportaje de actualidad. Por mucho que la objetividad periodística se haya dado ya por perdida, no se debería poner música a una noticia, especialmente si es mala (la noticia, no la música).

Y, hablando de objetividad periodística, me viene a la mente una noticia que leí en el diario El Globo, del año 1914, mientras hacía un trabajo para otra asignatura. Narraba la historia de un timo que había tenido lugar en el Paseo de Recoletos. Una joven sirvienta llamada Victoria, paseaba con un baúl lleno de ropa. Una anciana aparentemente inofensiva que apareció de repente, le pidió un favor: llevar un paquete a la calle Barquillo, porque a ella le fallaban las piernas y no podía llegar hasta allí. A cambio, ella se quedaría allí sentadita, guardándole el baúl, mientras esperaba a que Victoria volviese. Lo que sucedió fue que la anciana huyó con el baúl y todo lo que contenía. Y el periodista, para contar que la sirvienta se dejó engañar, escribió, literalmente: “Victoria, que debe ser más sencilla que una codorniz…”

La objetividad periodística murió hace muchos años, si es que alguna vez llegó a nacer. Pero la música era lo que nos faltaba.

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Y, para finalizar, un tema cinematográfico, que habla de algo tan sencillo como un hombre y una mujer...
Francis Lai – Un Homme Et Une Femme

martes, 22 de junio de 2010

Calores.

Ya es verano. Ya empezamos a sudar, a bufar mientras mascullamos "qué calorrr". Ya llegan las noches de ventanas abiertas y los amaneceres madrugadores que hacen que el sol te despierte y tengas que levantarte a bajar la persiana.

Me encanta el verano. Soy de esa mitad de la población que prefiere el calorazo al frío. Por muchas razones: te vistes más rápido, vas más cómodo... y, por mi parte, en esta época estoy mucho más activa. Me cuesta menos moverme, salir... Lo de la manta en el sofá me da una pereza tremenda, porque el frío me paraliza. En cambio, combatir el calor es mucho más divertido: una ducha fresca, un granizado de limón bien ácido, poca ropa...

Y llega el verano y llegan las piscinas. Y las playas. Y es en esos lugares donde ocurre un fenómeno social que nunca he entendido: la pérdida absoluta del pudor.

Tanto en las piscinas como en las playas, la gente, lógicamente, se despoja de sus ropajes y enseña más o menos carne. Los michelines, las celulitis, los pelos, las nalgas, algunos pechos... todo queda al aire. Y da igual. Da exactamente igual. ¿Por qué? Porque en estos sitios, estamos protegidos por una valla/muro/duna/seto, que nos separa de un mundo vestido. Porque si traspasas esa linde sin haberte puesto algo encima, será un escándalo.

Es algo que siempre me ha llamado mucho la atención. Yo puedo estar sentadita en el murete de un paseo marítimo, al borde de la playa. Si miro hacia la arena y veo, refrescando sus pies, a un venerable anciano danés que pasea orgulloso su ajustado tanga amarillo limón, me parece normal. Forma parte del paisaje playero. Me parece poco estético, pero normal. En cambio, si ese mismo caballero se pasea de la misma guisa, pero por la acera de enfrente del paseo marítimo y yo le observo desde el mismo murete... me seguirá pareciendo poco estético, pero también escándalo público. Porque ese murete, por estrecho que sea, nos protege. Tras el murete, la celulitis, los pelos, los pechos turgentes o caídos, los muslos flácidos o fibrosos no importan.

En verano y en las playas nos tomamos unas licencias a las que no encuentro lógica alguna. Por ejemplo, yo no hago top-less. Pero siempre me he preguntado una cosa: si te pasas el año tapando tus pechos, si te daría una vergüenza horrorosa que tus amigos y conocidos te vieran semidesnuda en el mes de enero, en la calle, en la oficina... ¿ese pudor desaparece por completo en la playa? Si te encuentras a tu vecino de enfrente, del que te escondes tras las cortinas mientras te vistes por la mañana, pero estás en top-less junto al mar, ¿ya te da igual? Son los mismos pechos y están más cerca...

Es parte de la libertad del verano. Fuera mangas, fuera calcetines, fuera fajas, fuera pudor.

Feliz canícula.

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Y como ahora, una tímida luna domina el cielo, os dejo esta bellísima melodía, para que durmáis maravillosamente bien y soñéis, dormidos o despiertos con quien o lo que os haga sonreír...
Debussy – Claire De Lune

domingo, 20 de junio de 2010

Muebles viejos.

Este fin de semana hemos estado organizando un poco la casa. Hemos cambiado algunos muebles viejos y hemos comprado una tele nueva para la habitación. Teníamos una pequeña, de unas 15 pulgadas, de tubo, que cumplió muy bien su función durante unos dieciséis años, pero que ya se había quedado obsoleta. También nos hemos desprendido, por fin, de la otra tele, la grande, que guardábamos en la habitación mediana, aunque dejó de funcionar allá por el 2007.

Mi marido ha sugerido que lo dejáramos todo en la calle, al lado de los contenedores de basura, porque seguro que alguien lo aprovecharía: las dos teles (con su mando a distancia), un armario bajo y una especie de asiento de masaje shiatsu que le regalaron a mi suegra por comprar no recuerdo qué, y que te dejaba la espalda peor que antes del masaje.

Efectivamente, diez minutos después, una familia sudamericana se llevaba el armario, comentando lo bien que les venía. A la media hora no había ni rastro de las teles, ni del asiento de masajes.

Me he alegrado de que alguien pudiera aprovechar algo que, en mi casa, sólo estaba estorbando. No me gusta tirar las cosas. La ropa que no me pongo, la suelo regalar. También, otros muebles, los he dado a una asociación que hay en el barrio, que da trabajo a drogodependientes en rehabilitación.

Pero todo esto, también me ha hecho pensar en lo poco conformistas que somos. Yo, la primera. Y en lo poco que cuesta desprenderse de las cosas cuando las sustituimos por otras nuevas, más bonitas, más aparentes...

Es inevitable que sea así. Si las personas que hoy han recogido las cosas que yo he tirado, pudieran haberse comprado una tele o un armario nuevo, habrían hecho exactamente lo mismo que yo. Poca gente hay, en nuestra sociedad, que viva, por gusto, sólo con lo justo.

"Necesitamos una tele nueva". Eso fue lo que dije, poco antes de comprarla. Necesitar, lo que se dice necesitar... sólo necesitamos respirar y beber. Todo lo demás, simplemente, lo queremos. Y a base de querer cosas, han ido avanzando las civilizaciones. Pero, siempre queda mejor decir "lo necesito". Es una justificación mucho mejor vista que decir "lo quiero". Somos caprichosos, pero nos da vergüenza admitirlo.

Ayer vi un trocito de "Mujeres Ricas", el programa de LaSexta. Una de ellas decía que jamás compraba en Zara. Dos chicos que estaban con ella, se le echaron encima, diciendo que qué tenía de malo comprar en Zara. Ella no supo explicarse y, durante bastante rato, estuvo justificando como pudo su comentario. Hasta acabó lloriqueando, diciendo que le parecía fenomenal que Zara existiera, porque así, la gente más o menos pobre, podía salir bien vestida a la calle, pero que, simplemente, ella prefería comprar en Dolce & Gabanna. Yo la entendí perfectamente. No me pareció un comentario escandaloso en absoluto. Ella no compra en Zara, igual que yo no compro la ropa en mercadillos de segunda mano. Nos escandalizamos de que los ricos no hagan cosas de gente de clase media o media baja. Y no nos escandalizamos de que nosotros no hagamos cosas de gente pobre.

No digo que haya que cambiar todo esto. Probablemente, fuera lo ideal, pero el ser humano no es ideal. El pobre haría lo mismo que hace el rico, si también lo fuera. Y viceversa.

Ya que no podemos construir un mundo perfecto, hagamos que, por lo menos, no sea hipócrita...

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Y la canción de hoy...

viernes, 18 de junio de 2010

Página en blanco.

Tengo unas ganas tremendas de escribir. Me invaden desde hace un par de días. Lo que aquí escribo, normalmente es producto de una decisión que suelo tomar mientras vuelvo a casa desde el trabajo, que es, prácticamente, el único momento que tengo en el día para pensar lo que a mí me dé la gana.

Pero no se me ocurre nada. Nada útil.

Y aún así, no se me van las ganas de escribir.

Como el blog es mío, nadie me paga por mantenerlo y nadie entra aquí por obligación, no tendría por qué preocuparme tanto por lo que pongo o dejo de poner. Pero es que la palabra escrita nunca será lo mismo que la hablada. Uno puede hablar por hablar durante horas. Uno puede romper un silencio diciendo simplemente "pues sí, pues sí". Pero uno no puede romper el blanco de una hoja o de un cuadro de diálogo para escribir frases que no signifiquen nada.

Cualquier espacio en el que uno deba o pueda escribir, produce un respeto que parecen no merecer las personas con las que nos comunicamos oralmente.

Todo lo que yo escriba aquí, lo estoy firmando. Quedará aquí plasmado y siempre será relacionado conmigo. Son palabras mayores.

Tal vez por eso sea peor ponerse a escribir sin tener nada que decir.

Pero, mira, como decía Lope de Vega: "Un soneto me manda hacer Violante,/que en mi vida me he visto en tal aprieto./Catorce versos dicen que es soneto:/burla burlando, van los tres delante".

El no tener nada que escribir ha sido, como suele decir alguien que conozco, una "excusa endeble" para escribir otra vez...

jueves, 17 de junio de 2010

Declaración de amor.

No soy patriota. Nunca lo he sido. No me siento orgullosa de ser española. Como tampoco me siento orgullosa de ser castaña. Nací aquí y nací así. Siento lo mismo por un señor de Cuenca que por un señor de Minsk. Así que para mí, la humanidad se divide en dos: la gente que conozco y la que no conozco. Así de simple y así de crudo, pensarán algunos. No es que no sienta dolor cuando un español sufre, que sí lo siento. Pero es el mismo dolor que siento cuando sufre cualquier otro ser humano. La cercanía del dolor, impresiona, pero no duele más. Pero esa es otra cuestión, más extensa, que no es la que quiero tratar aquí hoy, pero que me sirve de introducción.

Lo que siento por Madrid, alguien podría calificarlo de patriotismo, pero no me gustaría que fuera así. No en el sentido de orgullo patrio, ni de sentirme unida al resto de los madrileños. Sé que lo que siento por Madrid, lo siento porque es mi ciudad. Porque nací aquí y porque mis raíces están aquí. Pero no es orgullo. Es amor.

Hoy la he vuelto a cruzar. Lo hago a menudo, casi siempre en coche, entre semana. De Príncipe Pío a Velázquez, atravesando la Gran Vía, Alcalá... y vuelta a casa por Recoletos. Y nunca me es indiferente.

Amo la luz rosa de su atardecer, el constante movimiento de gentes de buen y mal vivir, las fachadas, los cambios radicales de ambiente con tan sólo torcer la esquina, la sonrisa que emana de cada calle...

Amo Madrid como Eugène Atget amaba París. Discretamente, viviéndola, pero observándola en silencio.

Precisamente, fue volviendo de París cuando me di cuenta de este amor. Volví impresionada por el derroche de belleza de la capital gala. Y, cuando vi de nuevo mi ciudad... me pareció pequeña, modesta, pobre... Y me sentí infiel.

Sin embargo, a menudo necesito irme de aquí. Como dice Sabina en una canción, "de sobra sabes que eres la primera y, sin embargo, un rato cada día, te cambiaría por cualquiera"... Algo así. Porque siempre necesito escaparme un rato de lo que amo.

Sé que amo Madrid como cualquiera ama al lugar donde nació. Pero Madrid se hace difícil de querer... y yo le pongo mucho empeño.


lunes, 14 de junio de 2010

Esto no es normal.

"José Julián me cae súper bien". "Ay, es verdad... es que es tan normal..."

Si hace algún tiempo alguien me hubiera dicho que soy "muy normal", me habría ofendido mucho. ¿Normal yo? ¡Ja! Pues no me curro yo nada no ser "normal". Años de trabajo interior para hacer de mí misma un ser "diferente", incluso "extraño", para que me vengas ahora diciendo que soy "muy normal".

Pero no. Hoy es un piropo. Lo mejor que le pueden decir a uno.

Y ¿cómo definirías a alguien "normal"? Casi todo el mundo lo parece, pero... ¿qué hace de esa persona alguien "normal" y que eso sea algo extraordinario?

"Normal" es quien hace y dice las cosas que tú encuentras lógico que haga o diga. Pero, entonces... eso presupone que tú también seas "normal". Y, en cambio, parece que la "normalidad" no abunda.

Pues no, no abunda. No es normal ser normal.

Para mí, una persona "normal", responde a los saludos, devuelve las llamadas, se despide antes de colgar, da las gracias. Cuando no está de buen humor, se nota. Cuando está de buen humor, también se nota. Cuando pregunta algo, escucha la respuesta y no mira para otro lado... No sé. Cosas normales.

Es que todo esto que he dicho parece simple buena educación. Pero no es sólo eso. Es alguien que reacciona de acuerdo con lo lógico. Alguien que empatiza. Alguien que es consciente que está interactuando con otros seres humanos. Eso es para mí alguien "normal".

Y ¿cuánta gente normal conozco? Poca. Ni siquiera yo me lo considero. Por eso, me parece un valor en alza. Es realmente un alivio encontrarse con alguien normal. Muy normal. Terriblemente normal.

Alguien que haga que te sientas como en casa y en pijama.

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La canción de hoy, no podría ser otra: