De dónde sale esto.

En mayo de 2009, fui a Los Ángeles en un viaje de trabajo. Se trataba de asistir a un evento anual al que sólo suelen ir los grandes jefes de ciertas empresas, pero ese año, un "gran jefe" no pudo ir y fui yo, una doña nadie. El blog nació sólo como una forma diferente y barata de comunicarme con mi familia y amigos mientras estaba allí, a 9 horas de distancia temporal. Pero luego, le cogí el gustillo y, aunque ya no estoy allí, sino en Madrid, considero que nuestras vidas son unas grandes súper producciones y que yo, al fin y al cabo, sigo siendo una doña nadie en Hollywood.

domingo, 1 de mayo de 2016

Gigantes del Siglo XXI


Alteróseme el ánimo, amigo Sancho. Alteróseme, y si mi rostro hubieres contemplado, cosa que no hiciste pues, sin duda dormías, como yo debiera hacer a esas horas de la noche de no estar como estaba, sumido en tormentosa pesadilla, hubiérasme zarandeado para descartar que me hallara yo tan muerto como mi expresión denunciaba. 


Alteróseme el alma aun dormido, pues lo que mi ensoñación me hacía ver, hermano Sancho Panza, no era de este mundo, ni de este siglo, ni de este rey don Felipe, sino de otro de igual nombre pero superior ordinal y mayor estatura. Lo que mis desorbitados ojos vieron en estos mismos campos que ya no tenían hollados caminos, sino interminables y anchísimas cintas de brillante seda grisácea, sobre las que se movían, rápidos como el rayo, multitud de extraños carruajes tirados por invisibles caballerías, eran, digo, gigantes ataviados todos con uniformes vestiduras que consistían en anchos calzones que hasta los pies llegaban y, sobre la camisa, una extraña prenda, ni chupa ni casaca, que dejaba entrever la blanca camisa con un largo y estrecho pañuelo anudado al cuello. Igual que los gigantes de ayer, con los que no pude medir mis fuerzas, ya que, para mi mal, el entrometido sabio Frestón los volvió en molinos de viento, mi querido Sancho, estos de mi sueño tenían larguísimos brazos que se movían en círculo y, que en sus descomunales manos portaban grandes faltriqueras repletas de monedas de oro y plata. Estos monstruos no eran treinta ni cuarenta como aquellos con los que no pude enfrentarme en heroica y desigual batalla, sino cientos, ¡qué digo cientos! ¡Miles!...

 “Son ediles, ministros, altos funcionarios que, en vergonzosa connivencia con desaprensivos mercaderes y no pocos funcionarios de la justicia, que también corren entre ellos, desvalijan con saña las arcas del Reino...” dijeron unos alguaciles que por allí pasaban y que, se veían impotentes para hacer frente a tan numerosos y malignos individuos.

Me invadió entonces, mi buen amigo, un sentimiento para mí desconocido. El miedo. Ante la terrible nueva que me hacían llegar los asustados guardias, no reaccioné con el ardor y la decisión que tú bien conoces y que mana en mí de forma natural y profunda cuando me hallo ante la maldad, el abuso o la injusticia. No, mi fiel amigo, no. Tanta maldad, tanto daño, me hicieron gritar tu nombre sin que obtuviera respuesta alguna. Y en esas ansias de llamarte y no obtener tu presencia, entre el frío sudor que, como ves, aún se desliza por mi frente, me desperté.

-¿Y qué quería mi señor de mi humilde persona?- dijo Sancho con inquietud- ¿Qué hubiera yo podido, pobre de mí, ante tan numerosa y potente maldad?

-Pues que trataras de localizar al sabio Frestón...

José Estremera Fernández. 
Madrid, abril de 2016.

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